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Aquel mediodía de verano, Pablo se subió a su auto con la idea de darle una sorpresa de cumpleaños a su papá, que vivía en otra provincia. Pero nunca llegó a destino, porque la noche y una lluvia intensa cambiaron los planes de todos. La historia de un abogado cordobés que perdió sus dos piernas en un accidente.

Es el 22 de enero de 2015, Pablo tiene 37 años, una esposa y dos hijos pero se sube a su auto solo. Está en Córdoba Capital, donde vive, a punto de emprender un viaje de 2.000 kilómetros hasta la provincia de Santa Cruz, donde vive su papá, que en dos días cumplirá años. Su papá no sabe que está yendo: es una sorpresa, o se supone que va a serlo. Un regalo de cumpleaños pero también un viejo deseo de Pablo, que por primera vez en su vida va a tener a su papá, durante unos días, sólo para él.

Pablo Giesenow se crió en Viamonte, un pueblo situado al sur de la provincia de Córdoba, de esos que respiran alrededor de una misma columna vertebral: las vías del ferrocarril. “Yo era el segundo de siete hermanos. Mi papá era el médico del pueblo pero también el intendente. Iba a su despacho en la municipalidad con la chaqueta blanca porque nunca sabía dónde iba a terminar atendiendo a alguien. Su auto estaba siempre con las llaves puestas, él era el médico que salía corriendo cuando a alguien del pueblo le pasaba algo”.

 

No había en Viamonte otro deporte para los varones más que el fútbol y Pablo se crió en la década del 80 corriendo atrás de una pelota. Siguió jugando después, de hecho se anotó en cuanto torneo hubo cuando se mudó a Córdoba Capital para estudiar Derecho. “Era malo pero insistidor”, se ríe ahora detrás del escritorio de su despacho.

Hoy en su despacho, Pablo tiene debajo de su escritorio, dos prótesis en el lugar en el que antes cruzaba las piernas. “Te cuento esto del fútbol -sigue, mientras sorbe otro mate- porque, según los médicos, el deporte me mantenía bien físicamente y eso hizo que yo pudiera sobrevivir al corte del guardarrail que, además de llevarme las dos piernas, me hizo perder casi cuatro litros de sangre”.

“Quería ver a mi padre para su cumpleaños número 62 y es que decido hacer este viaje solo, de sorpresa”, enmarca Pablo. “Y ahí pasó lo que pasó”.

Pablo se despidió de sus hijos, que tenían 9 y 13 años, cargó el destino en un GPS satelital y partió de Córdoba al mediodía. Pero algo falló en el GPS, Pablo se perdió y el plan de parar para hacer noche en La Pampa de día y antes del comienzo de la lluvia quedó descartado. El accidente ocurrió en ese contexto: a 20 kilómetros de Santa Rosa, cuando ya había empezado a oscurecer y la ruta había comenzado a inundarse.

“Había poca visibilidad por la lluvia y yo no tenía apuro, así que iba tranquilo, a unos 80 kilómetros por hora. Sin embargo, el auto hizo lo que se llama aquaplaning: patinó sobre el asfalto, empezó a hacer trompos y pegó contra el guardarrail de la mano contraria”, describe. “Ahí es cuando el guardarrail se abre, entra por la puerta del acompañante y atraviesa el auto de lado a lado. Sale por mi puerta y en el trayecto me corta las dos piernas”.

Pablo no perdió la conciencia, pero atrapado en el interior del auto estrujado no terminó de entender lo que estaba pasando. “Veía que la pierna izquierda no estaba, el pie no estaba. Se veía sangre, todo un espectáculo no muy agradable. A la pierna derecha, en cambio, la sentía dolorida, apretada por los plásticos del auto, por la guantera, se me había venido encima la parte del estéreo, pero ¿la verdad? No me di cuenta de que también faltaba”.

Solo, bajo la lluvia y con una doble amputación traumática, se estaba desangrando.

Alguien paró a ayudarlo, él le dictó los teléfonos de sus familiares. Así se enteró su papá de la sorpresa: “No me digas que no lo sorprendí”, se ríe otra vez. Los bomberos llegaron media hora después y una bombera se sentó en el asiento de atrás para calmarlo mientras cortaban las puertas para poder sacarlo. Recién cuando llegó al hospital y escuchó al médico preguntar “¿trajeron los miembros?”, Pablo entendió.

“Cuando me despierto en el hospital sin las piernas, mi familia me rodeaba. Habían venido de todos lados. Recuerdo que les veía las caras de preocupación pero no de tristeza. Después entendí por qué. Le veía la cara de preocupación a mi viejo, obvio, yo había perdido las piernas, pero es médico así que también tenía la claridad de que me había salvado de casualidad”, sigue. “Mi papá siempre repetía esa frase ‘si alguien pierde a los padres es huérfano, si pierde a la esposa es viudo, pero perder a un hijo no tiene nombre’. Y bueno, no había caras de tristeza porque yo estaba vivo”.

“Todo el mundo se había enterado del accidente, me acuerdo que llamaba a los clientes y del otro lado se escuchaba el silencio, no podían creer que estuviera trabajando”. Tres meses después del accidente, además, se divorció. Más que la historia de un Superhéroe, Pablo había encontrado una fórmula que le servía: “El cuerpo cansado y la cabeza ocupada”.

De correr en cualquier cancha, pasó a la vida en silla de ruedas. “Fueron siete meses en la silla, donde sólo podía estar sentado o acostado. Si me preguntabas qué tenía ganas de hacer, no era ni subir una montaña ni correr una maratón ni andar en bicicleta. Me quería parar, aunque fuera un minuto, para lavarme los dientes. Me quería parar para lavarme la cara sin mojarme todo el cuerpo. O sacar algo del freezer. O descolgar una camisa del placard para ir a trabajar”

Logró pararse con prótesis ese mismo año y, dos años después del accidente, empezó a correr con unas prótesis optimizadas por el equipo de GD Ortopédicos.

“Algo que para mí siempre había sido tan simple como correr se había vuelto un desafío enorme. Cuando volví a correr imaginate, daba dos pasos y se me caían las lágrimas. De repente, sentía el viento que me pegaba en la cara, todas sensaciones que antes pasaban desapercibidas”.

Desde entonces, corrió maratones, anda en bicicleta, nada, juega al tenis, subió al Aconcagua y en 2019 fue nombrado Director de Protección de Derechos de las Personas con Discapacidad de la ciudad de Córdoba.

También volvió a ser padre, esta vez de Matilda, una beba de un mes y medio que tuvo junto a su nueva pareja, una joven fonoaudióloga que conoció mientras hacía la rehabilitación, “cuando yo no tenía piernas y tampoco prótesis, la que estaba ahí todos los días sin saber qué iba a poder hacer yo con mi vida y qué no”, dice. “Esa es otra cosa que aprendí después del accidente, a valorar a los equipos que te hacen fuerte: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo. Yo me encontré de repente en una situación muy difícil, pero nunca me quedé solo”.

Pablo es al día de hoy un amigo de la casa GD Ortopédicos, una persona comprometida con la sociedad, y ayuda a muchas personas que han pasado situaciones similares a superarse, a encontrar una nueva esperanza, nuevos objetivos.  Desde GD Ortopédicos estamos orgullos de acompañarlo en todos sus proyectos.  

ABOGADO

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Me dedico al diseño de indumentaria, tengo una marca de lencería femenina. La que se ha vuelto parte de mis vivencias. En ella trato de mostrar variedad de cuerpos, talles y edades.

Mi familia es el pilar más importante que tengo. Juntos aprendimos sobre la discapacidad, y su postura al respecto fue desde el inicio imprescindible para sortear todas las dificultades que surgieron. Me acompañaron y apoyaron en todo momento con todo el amor.

Nací con agenecia femoral, y toda mi vida use prótesis. Aunque mi estado ortopédico, físico y psicológico mejoro cuando ingrese a GD, ya que antes no podía flexionar la pierna, lo que generaba dificultades de todo tipo.

Pasaba todos los días en colectivo y veía la fachada de la empresa. En esa época buscaba mejoras en cuanto a lo que es la estética de la prótesis. Antes trataba de que se notara lo menos posible, y que sea lo más parecida a una pierna sana. Había conocido el trabajo de otras ortopedias y no estaba conforme. Me sentía muy mal con mi cuerpo.

Cuando llegué a la ortopedia contándoles mi necesidad, los profesionales de GD me escucharon, y me hablaron de la importancia  de realizar una amputación, ya que mi miembro me dificultaba la movilidad y a largo plazo me generaría  molestias. GD me acompaño en todo el proceso, donde me prepararon físicamente para la operación y en el post operatorio.

Gracias a ellos pronto ya estaba caminando de nuevo y adaptándome a mi nueva vida. Ni hablar del cariño que les tengo al equipo,  que me ayudo y acompaño en la etapa que fue sin dudas, la más importante de mi vida.

 En esa época realizaron una cosmética para la prótesis que fue lo más parecido que tuve a una pierna sana. Al pasar el tiempo mis necesidades y mi visión sobre la discapacidad cambio.

Soy muy activa, me manejo en trasporte público y camino muchísimo durante el día, voy al gimnasio y disfruto de realizar actividades deportivas. Mi evolución física y en cuanto al pensamiento es abismal. La decisión que tome, junto con la nueva prótesis me mejoro la vida al 100, y  con el pasar de los meses la necesidad de ocultar la prótesis se transformó en un orgullo.  Ahora me muestro libremente con ella, me siento plena, abrazo mi cuerpo y mi historia.

DISEÑADORA

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Antes del accidente era operador de máquinas viales, era mi oficio, manejaba grandes máquinas en las obras construyendo caminos, rutas, etc.  Pero hoy puedo decir que  soy un paratriatleta.

En el año 2017 trabajaba en una gran obra vial, y mientras esperábamos la llegada de unos materiales que debíamos descargar, un compañero al hacer marcha atrás con un gran vehículo me embistió y quedé atrapado entre las dos máquinas. Ahí perdí mi pierna izquierda, y si bien al principio fue muy duro, nunca me vine abajo anímicamente, desde el minuto cero estuve pensando en mi familia por lo cual no podía darme el lujo de desmoronarme. Mi mujer estaba embarazada de 7 meses y por dentro pensaba que ella me necesitaba más que yo a ella, que mi familia me iba a necesitar entero por dentro así que  jamás bajé los brazos.

La ART por rutina (como se suele hacer en estos casos) me envió a un examen psicológico por el post trauma que puede generar un accidente de esta magnitud, a lo cual los profesionales no estaban seguro que yo tuviera consciente de la pérdida de uno de mis miembros, ya que lo tomé con total tranquilidad y aceptación desde el principio. Y si bien ya pasaron varios años ya no tengo que ni siquiera aceptarlo porque lo naturalicé hace tiempo.

Luego de la cirugía los médicos me recomendaron buscar una buena ortopedia, y de esa manera llegué a GD Ortopédicos  por recomendación de varios de los doctores que me la nombraron.

De toda esta historia la mejor parte fue haber llegado a GD, porque no me hicieron sentir cliente, sino un ser humano que necesitaba de otros seres humanos que supieran entender la necesidad de volver a caminar de una manera amena, obviando el sufrimiento, buscando que siempre esté cómodo físicamente y anímicamente, y ellos (el equipo de GD) desde el principio me atendieron de una forma excelente.

Un día Gustavo Díaz, (director de GD) de una manera alentadora me dijo “estás para un triatlón, ¿te animás?” y en realidad el que me animó fue él. Me facilitó desinteresadamente los medios para que pueda iniciarme, y ahí empecé una carrera deportiva por lo que le agradezco,  y hoy con orgullo puedo decir soy un paratriatleta profesional.  Gracias a Gustavo, Bárbara, Octavio y todos ese grupo de personas maravillosas que trabajan en GD.

Hoy disfruto de una vida tranquila, con mi familia, puedo caminar, y soy amante del deporte simplemente porque el destino a pesar de todo un día me llevó a GD.

ATLETA

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